Colección SEGA (Serigrafías de Arte)

03/10/2022 | 2022 | pieza del mes
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A comienzos de los años setenta Álvaro Álvarez Blázquez, junto con el pintor Virxilio Fernández Cañedo, pone en marcha una iniciativa pionera y de gran interés: la producción de obra serigráfica a partir de los originales, realizados exclusivamente con esa finalidad, de un nutrido grupo de pintores gallegos, como medio de popularización de su obra a través de exposiciones colectivas, así como su distribución y venta por medio de salas de arte, como en Ourense, por ejemplo, Souto. Las estampas se vendían entre ochocientas y poco más de mil pesetas. En palabras del propio Álvarez Blázquez se trataba de “ofrecer al público unas [...] reproducciones hechas con la absoluta fidelidad conseguida por el procedimiento serigráfico, que exige, como regla de oro, la caricia de la mano, el amor y la paciencia de las nobles artes de antaño”.

Jornada: Museos sociales

03/10/2022 | actividades
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Vidrio millefiori de la Cibdá galaico-romana de Armea

02/09/2022 | 2022 | pieza del mes
Vidro Millefiori da Cibd‡ galico-romana de Armea

La pieza que presentamos es un fragmento de fondo realizado con la técnica millefiori, parte de la colección de vidrios mosaicos recogidos en la Cibdá galaico-romana de Armea (Santa Mariña de Augas Santas, Allariz, Ourense). Dentro del rico conjunto de materiales muebles aparecidos en este yacimiento, destaca el grupo de objetos fabricados en vidrio, no solo por su cantidad, sino también por su diversidad. Se han identificado botellas, cuencos o platos, fabricados con diferentes técnicas (incluyendo los fragmentos millefiori), pero también cuentas de collar (oculadas, de melón o discoidales) o fragmentos de ventana, junto con escorias y otros restos.

Antiguo Palacio episcopal en reforma para sede del Museo Arqueolóxico. 1962

08/08/2022 | actividades
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“La grúa fue la verdadera atracción de las fiestas”. Corría el año de 1962 y Ferro Couselo escribía a Francisco Pons Sorolla, arquitecto de las obras del Museo Arqueolóxico de Ourense en el antiguo Palacio episcopal, para darle cuenta del avance de éstas. Era un bien ansiado desde que ardiera su sede del Instituto Provincial en 1927. Todo el trabajo de organizar conferencias y exposiciones; inventariar, catalogar y fotografiar piezas de la colección; recibir donaciones y materiales de las excavaciones arqueológicas; atender a personas investigadoras y editar una revista, podía ser estéril con las piezas en almacenes y sin un local en el que desenvolver públicamente su vida.

Fueron años de búsqueda de un edificio apropiado hasta que la conjunción de dos necesidades propició la consecución de la meta. En 1947, el obispo Francisco Blanco Nájera, ofrecía en venta al Ministro de Educación Nacional el antiguo Palacio episcopal para, con el importe recaudado, sufragar parte de la construcción del nuevo Seminario Mayor. Acordaron el precio en 2.008.230 de pesetas. Cuatro años se demora la firma del contrato en 1951 debido a que el Ministerio tenía otras prioridades.

Un año después, Ferro Couselo, director del Museo, comenzó la instalación provisional de la exposición. La adquisición suponía disponer de muchos metros cuadrados y, además, contar con un edificio declarado Monumento Histórico–Artístico en 1931 por sus numerosos valores, entre ellos los arquitectónicos, al contar con una estructura interior románica singular en la península ibérica, conservada gracias a una serie de añadidos de diferentes épocas históricas, un auténtico manual de arquitectura y construcción.

El estado del edificio obligaba a una reforma y una necesaria adaptación a las funciones de un Museo. Siete años después de la compra, y tras la realización de trámites, redacción y aprobación del proyecto, así como de obtener el dinero preciso, se iniciaban las obras. Pero el camino no estaba libre de obstáculos.

En 1960 voces polémicas comienzan a oírse en la ciudad. Varios comerciantes piden derribar parte del edificio con el fin de ampliar la calle Bispo Carrascosa siguiendo la línea de arcadas hoy existente hasta la Plaza Mayor, con la que pretendían revitalizar esa parte de la ciudad.

Cuando en 1962 Ferro Couselo le escribe a Pons Sorolla, la disputa entre este grupo y los que denominan “enemigos del progreso”, que apuestan por la conservación, está en su punto álgido; hay un intento de parar la obra, se obstaculiza el trabajo y se hace más notoria en los medios de comunicación. En defensa del edificio acude Vicente Risco que recurre al lema del pueblo romano contra el Papa Urbano VIII “Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini” y José Conde Corbal acuña la frase “termitas con pantalones”. En contra, un concejal negaba valor al edificio e insistía en que perjudicaba la circulación rodada y afeaba la perspectiva de la Plaza Mayor.

Fuera del ámbito mediático, Ferro Couselo se reúne con las autoridades ourensanas, emite informes y escribe oficios y cartas personales a diferentes académicos para solicitar su apoyo. Era una lucha en la que sólo podía exponer argumentos pues las decisiones correspondían siempre a instancias superiores.

Las resoluciones de la Real Academia de San Fernando, Dirección General de Bellas Artes y Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional fueron favorables a los intereses del Museo y de la íntegra conservación del edificio.

Con 900 años de historia, es un capítulo más dentro de la dilatada historia del edificio que se continúa escribiendo, memoria de una época en la que el diseño de la ciudad y su crecimiento se modela condicionado únicamente por criterios económicos.

Cabezas castrexas de Armea. Ca.1950. Fondo Francisco Conde-Valvís

05/07/2022 | actividades
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Las personas llegamos al mundo con la facultad de guardar en nuestra mente las cosas que consideramos importantes y acordarnos de ellas en el momento oportuno. Esa magnífica capacidad, que llamamos memoria, es sobre la que construimos nuestra historia, nos relacionamos y definimos quién somos. Recordamos algunos datos y otros no porque el cerebro tiende a rechazar lo innecesario y a quedarse con lo que de verdad importa, por eso la memoria se complementa con otra condición; todo lo que alguna vez estuvo en la memoria y ya no está pertenece al olvido. Olvidar es tan importante como recordar. Una variable que juega un papel importante entre el recuerdo y el olvido es el contenido emocional de la experiencia. Sin duda, los recuerdos con un alto contenido emocional permanecen más tiempo en nuestra memoria, en ocasiones esperando el momento para salir a la luz.

Corrían los años 40 del siglo XX cuando en una charla al regreso de una ruta arqueológica, a Francisco Conde-Valvís Fernández una reminiscencia lo retrae a su infancia. Su padre, Francisco Conde Valvís, aficionado a la arqueología, coleccionista y mecenas de este Museo, en sus recorridos por la provincia le iba inculcando el interés por el pasado. En una de esas excursiones por los alrededores de Allariz, de regreso, lo invitó a dar un rodeo para ir a ver unas estatuas de guerreros en un balcón. En un pueblo pudieron ver dos estatuas a modo de atlantes sobre el pretil de una casa que lo emocionaron. Los estudios, la estancia en el extranjero y las labores profesionales apartaron a Conde-Valvís de las estatuas de guerreros, hasta que de nuevo, una conversación con Xesús Ferro Couselo le evocó aquella vivencia. Podía describir claramente las características de los guerreros, de modo que Ferro Couselo enseguida los reconoció como esculturas pertenecientes a la Cultura Castrexa, pero los recuerdos non son copias exactas de las experiencias sino que la memoria los reelabora en el momento de la recuperación, y Conde-Valvís desconocía el lugar exacto de localización. Animado por el entonces director del Museo emprendió la búsqueda intentando reconstruir aquella jornada de niñez. Así llegó al pueblo de Outeiro de Laxe donde reconoció el lugar en el que estuviera décadas atrás y pudo encontrar las estatuas, ya fuera de su lugar y notablemente dañadas respecto a cómo las observara en la primera ocasión. El hallazgo lo condujo a explorar las inmediaciones buscando el lugar de procedencia de las figuras. De este modo, descubrió y excavó la Cibdá de Armea e identificó otros restos, como las cabezas castrexas que aparecen en la fotografía que encabeza este texto, en la ladera del monte de Armea, en el pueblo de Abeledo. Los materiales de la excavación, así como los restos materiales de la colección de Conde-Valvís, entre los que se encontraban las estatuas, cabezas y otros relieves, que fuera reuniendo con sus desvelos y en los que invirtió tiempo, esfuerzo y dinero los entregó al Museo Arqueolóxico de Ourense. La fotografía de las cabezas, in situ, tomada por Conde-Valvís en el momento del descubrimiento fue recientemente depositada en este mismo Museo por su hijo Francisco Conde-Valvís Manzanares. Son tres generaciones favoreciendo con un legado al Museo Arqueolóxico.

Las cabezas castrexas junto a las estatuas pasaron a engrosar los fondos del Museo, uno de los lugares en los que se conserva la Memoria, o las Memorias, en este caso también la colectiva, la que nos identifica como comunidad. En otoño, en una muestra que reunirá también otras piezas del mismo contexto cultural, podremos contemplarlas y sumergirnos en la memoria e incluso, sin tener experimentado los acontecimientos que las rodearon, recordar y emocionarnos.

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