Santomé

Placa de cinturón tardorromano

Placa de cinturón tardorromano

Archivo Gráfico del Yacimiento

A escasamente 3 Km. de la capital, siguiendo la carretera que desde Ourense conduce al próximo lugar de Velle, antigua carretera de Monforte, y después de cruzar el río Loña, una pista a la derecha lleva al yacimiento. Salvando el curso del río, el puente de la Loña, de un sólo arco ojival, del que hay referencias desde comienzos del siglo XIII, y restaurado recientemente, constituye un magnífico vestigio medieval. Es lógico suponer que en las cercanías habría otro más antiguo, por el que iría la vía romana que a la altura de la actual ciudad de Ourense, enlazaría con la vía Bracara a Asturica, y que desde aquí llevaría al Dactonium romano (Monforte de Lemos), a tenor de lo que conocemos por las fuentes documentales medievales.

Recorridos apenas 500 metros desde la desviación, se presentan dos alternativas: bien proseguir en automóvil tomando la pista de la izquierda, o seguir por la derecha hasta el Colegio Público de Mende, y desde aquí realizar el resto del trayecto a pie por un hermoso camino, testigo de una compleja red de comunicaciones entre los lugares de Velle, Sabadelle y Mende, ya documentada en el año 1153, que desde Santomé llevaba a cruzar el río Loña por el portus de Mende. El camino, pequeño en su recorrido pero de monumental trazado, describe en su mitad un pronunciado codo para salvar la dura pendiente, conservando aún el empedrado de grandes losetas y altos muros que lo separan de los campos que lo bordean.

Al contrario de lo que acostumbra a pasar en otros yacimientos, ya conocidos desde antiguo, sobre todo a partir del trabajo emprendido por los miembros de la Xeración Nós, las primeras referencias sobre Santomé se deben a D. Manuel Blanco Guerra, que entre los años 1969-74 realizaba una serie de catas en el castro y su contorno, poniendo de manifiesto la importancia arqueológica del lugar para el conocimiento del mundo galaicorromano en un amplio período de tiempo. Será a partir de 1983, cuando la realización de una serie de excavaciones sistemáticas llevadas a cabo en el contexto de las actividades del Museo Arqueológico Provincial de Ourense, va a desvelar la complejidad cronológico-cultural del asentamiento, y su potencial, tanto desde el punto de vista estrictamente científico como de su aprovechamiento sociocultural.

Ya desde lejos, se observa la cima destacada en el paisaje en el que asienta el poblado castreño, cubierta de la formación boscosa característica que tipifica el bosque del municipio orensano, de indudable interés paisajístico. Entre las formaciones vegetales sobresalen los robles, algunos del tipo caxigo, poco frecuente en Galicia, mezclados con otras especies caducifolias como los alcornoques, de los que se obtiene corteza; pinos del tipo pinus pinaster conviven con madroños (érbedo, en galego), planta leñosa de vistosos frutos comestibles de aspecto granulado, en tal cantidad que el lugar es conocido desde antiguo con el topónimo de Erbedal.

Para una mejor comprensión del entramado cultural que encierra el conjunto es conveniente dirigirse por la hermosa calle empedrada hacia el asentamiento castreño, dejando para después la visita a las estructuras arquitectónicas que lo bordean en la zona llana. La propia calle constituye un importante vestigio, formando un espacio despejado de 33 metros de largo por entre 3 y 4 de ancho, enlosado con piedras de mediano tamaño, bien asentadas y trabadas con otras más pequeñas y tégulas, que corre con acentuada pendiente hacia el río, paralelo al terraplén del castro. Apenas iniciado su trayecto, se bifurca en dos direcciones: la de la derecha, conduce directamente al castro salvando una pronunciada cuesta, y la otra al río con posibles desvíos, como documentan los muros tangentes a la misma.

Una pequeña incursión por el recinto castreño permite comprobar las peculiaridades de su asentamiento sobre un espigón escarpado, con una fuerte inclinación hacia el S-SW, por donde el río Loña sirve de defensa natural. Además de este elemento defensivo, el castro cuenta en la zona N con un foso, hoy cubierto, y un terraplén, sin olvidar las murallas concéntricas que servían también de aterrazamiento para posibilitar la instalación de un poblado en un lugar en el que las condiciones naturales no lo permiten. Parejas a las líneas de la muralla habría otras calles, de características semejantes a la conservada, para comunicar los diferentes espacios del asentamiento castreño.

A pesar de que las intervenciones arqueológicas fueron reducidas en esta área, impidiendo una visión de conjunto del entramado urbanístico, se pueden contemplar diferentes elementos arqueológicos que permiten, al menos, señalar notables diferencias entre este tipo de hábitat y el asentamiento tardorromano.

En la zona excavada en la croa, en los muros que definen las diferentes estancias se combinan trazados rectos con las formas redondeadas, algo impracticable en el poblado asentado en la llanura. Asimismo, llama poderosamente la atención la proliferación y tipología de los hogares sobre los que se hacía el fuego y se cocinaba. En algunos casos, aparecen compuestos de una sola piedra rectangular hincada en el suelo por uno de los lados mayores, y pegados al muro del cuarto, formando el piso del hogar una simple capa de barro; en otros, desplazados lateralmente, aprovechando el espacio que queda entre ellos y la pared del cuarto para depósito de los desperdicios y amontonamiento de la ceniza. En toda el área del castro se puede ver como las rocas que afloran en la superficie fueron utilizadas para excavar pías o como elementos constructivos, sirviendo en algunos casos, una vez alisadas, de muros de las casas, de ahí las marcas que presentan para adaptarse a las diferentes funciones.

Junto con estos elementos del patrimonio arqueológico, el castro ofrece también la oportunidad de admirar el fenómeno geológico de la formación de cavidades de remolino que el río Loña fue erosionando en su profundo y rumoroso fluir. Tampoco debemos dejar de contemplar la novedosa vista que desde este punto se tiene de la ciudad, con As Lagoas en primer plano.

Hay una pregunta que pronto asalta al visitante: ¿a qué época pertenecen los restos arqueológicos?. Todo parece indicar que la fecha de comienzos del castro debe situarse, a tenor de algún tipo cerámico, a mediados del siglo I a.C., prolongando su existencia hasta mediados de la segunda centuria después de Cristo. En el primer cuarto del siglo I d.C. se extiende por las laderas del castro, otro poblado del que apenas se conservan restos arquitectónicos, debido a que sobre sus restos desvastados se levantaron más tarde las estructuras tardorromanas. Llama la atención que, a pesar de coincidir en el tiempo y de la cercanía de ambos, sea tan diferente el tipo de vida que llevaban las gentes que en ellos habitaban, si tenemos en cuenta los restos de su cultura material. Frente a las formas cerámicas que encontramos en el castro, que hacen referencia a patrones bien conocidos en el ámbito castreño, con pocos elementos foráneos, en el segundo poblado se documentan abundantes sigillatas fabricadas en la Galia, cerámicas de Clunia o recipientes de vidrio habituales en la zona del Mediterráneo, como elementos más sobresalientes.

A mediados del siglo II d.C. ambos poblados fueron arrasados o abandonados, quedando el lugar yermo, hasta que un siglo después es de nuevo ocupado por un asentamiento en el que conviven, en una perfecta simbiosis, los modos y formas romanas con las tradiciones anteriores, creando unos modelos habitacionales que van a pervivir largamente en la Galicia rural.

Las estructuras arquitectónicas exhumadas componen dos unidades constructivas con ligeras variantes, aunque organizadas en función de un espacio abierto central que funciona a modo de patio con reminiscencias en el atrium de la típica casa romana.

La edificación ubicada al este de la calle es de mayor dimensión y complejidad. En ella destaca, por su singularidad, el núcleo principal, distribuido en tres estancias, precedidas de una galería en la fachada norte, en la que se encuentra la entrada más monumental y una escalera exterior perpendicular al edificio, que en su proyección cuenta aún con seis pasos. Dicha escalera aseguraba el acceso al piso superior, con una solana sustentada por pilares de madera apoyados en el muro que define el corredor en la planta baja, tal y como confirma la presencia de una base in situ, con un rebaje para encajar el pilar. En una de las estancias interiores se conserva un resto excepcional: un curioso sistema de calefacción que entronca con el hipocausto romano y que aún pervive en la trébede castellana. Su estructura consiste en un banco hueco construido con grandes ladrillos, pegado la pared, proveído de la correspondiente boca de alimentación en uno de sus lados menores para la introducción de la leña y paja, y en el extremo contrario, la salida de humos.

Alrededor de este núcleo principal, se distribuyen toda una serie de estancias dedicadas a diferentes funciones, que en su conjunto definen los modos de vida de esta colectividad rural: al oeste, y con acceso directo, los espacios dedicados a la producción artesanal del poblado, singularmente labores de metalistería y fundición; al este una estancia con hogar y otro cuarto pavimentado, quedando al norte del patio central de los almacenes, como indica la presencia de un silo y de un dolium cerámico de grandes dimensiones, usado para guardar tanto líquidos como sólidos.

La segunda unidad habitacional, situada al oeste de la calle, consta de una fila formada por cuatro estancias articuladas por medio de una galería en la fachada norte, con una vuelta en el extremo occidental. Delante de estas estructuras se abre un patio rectangular muy deteriorado, que funciona a modo del atrium de la típica casa romana; como tal contaría con su correspondiente compluvium abierto en la cubierta del atrio para entrada de la luz y del agua, que sería evacuada al exterior por medio de un canal o alcantarilla, cumpliendo las funciones del impluvium o estanque central del atrio en el que se recogía el agua.

En relación con el castro la última intervención realizada permite contemplar un entramado urbano organizado a partir de una calle central, que desemboca en un espacio abierto más amplio a modo de plaza. Este espacio es resultado de un proceso de ocupación y reocupación del espacio castreño, utilizando estructuras preexistentes, que se verán obligadas a adaptarse a una nueva organización condicionada.
Para la determinación de su musealización se tuvieron en cuenta criterios objetivos de racionalización que pasan por la alta significación arqueológica del yacimiento en el horizonte cultural en el que se encuadra al permitir comprender un amplio abanico cronológico-cultural que va desde lo castreño a la tardorromanidad, con estructuras arquitectónicas de cierta monumentalidad y bien conservadas e incluso con elementos estructurales peculiares como son la trébede y las escaleras exteriores para acceder al piso superior.

No menos interesante, resulta su situación a 3 Km. de la capital de la provincia, bien comunicado en automóvil o a pie siguiendo una ruta de senderismo. Es preciso resaltar también la posibilidad de poder añadir el valor histórico-arqueológico al del patrimonio natural, con una vegetación característica de la “hoya orensana” presidida por el roble, el alcornoque y la encina, adaptada a las influencias mediterráneas de la zona.
Con esta visión y planificación integral basada en un análisis serio de los valores patrimoniales y de su potencial como elemento dinamizador, en una comarca necesitada de espacios de esparcimiento, de incentivos culturales y de reactivación de sus recursos turísticos, solamente faltaba una línea de financiación para que el proyecto se  pusiera en marcha. Esta fue posible, primero en el 2000 mediante convenio del Grupo Marcelo Macías con la asociación que gestionaba los fondos europeos PRODER, y en el 2003 con la fundación Pedro Barrié de la Maza al ser seleccionado el proyecto en su convocatoria de 2002-2003.

Como paso previo e imprescindible para la puesta en valor, se hizo la consolidación y conservación de las estructuras verticales y horizontales, siguiendo criterios científicamente contrastables que armonizan con la legislación vigente en esta materia. En la consolidación tuvimos en cuenta en todo momento la definición y funcionalidad de los espacios sobre los que se estaba actuando, priorizando en unos determinados casos unos aspectos sobre otros.

El diseño y distribución de los paneles interpretativos, responde a criterios objetivos de aprovechamiento de los recursos disponibles. Cada panel tiene tres niveles de lectura, potenciando su carácter didáctico, con la reconstrucción en 3D. La presencia de imágenes virtuales, permite al observador, partiendo de un único campo de visión poder comparar la imagen real de lo excavado y consolidado con la reconstrucción infográfica. La distribución de estos paneles se realizó en función de su mejor integración en el ambiente, donde el impacto visual sea el menor posible, pero que al mismo tiempo sirvan de balizas informativas, que de forma encubierta guíen un recorrido abierto por el yacimiento.

Como material divulgativo se publicaron diferentes trípticos y folletos, así como una guía arqueológica y otra de la vegetación, además de un video con imágenes infográficas animadas. Asimismo a la entrada del yacimiento se habilitó un stand de madera que hasta hace dos años funcionó como punto de información, atendido por licenciados en historia contratados por medio del programa LABORA.
Los planteamientos a tener cuenta en nuevas actuaciones que se programen, deben de tender a hacer viable el aprovechamiento y contemplación de la pluralidad de elementos que conforman este conjunto, explotando sus potencialidades. Por eso es preciso desarrollar toda una serie de acciones, que por una parte permitan reforzar los lazos entre el yacimiento y su entorno inmediato, y por otra ahondar en el conocimiento y difusión de sus valores.

Archivo Gráfico del Yacimiento